La ambulancia avanzaba por una carretera del Cauca mientras los combates aún no terminaban. Dentro del vehículo, la teniente Sandy Mariottiz Acuña, médica militar del Ejército Nacional, intentaba llegar hasta una zona donde varios soldados heridos esperaban ser atendidos de urgencia y evacuados. Sin embargo, había un pensamiento que no lograba apartar de su mente, su hija de apenas un año y medio.
Todo comenzó con una unidad militar que había sido atacada y se reportaban varios soldados heridos. La información no era precisa y no se conocía el número exacto de afectados ni la gravedad de sus heridas. Lo único era que el combate seguía en desarrollo, lo que impedía una evacuación aérea. La única opción era ingresar por tierra, aun cuando eso implicara exponerse a un ataque.
La teniente Mariottiz y su equipo abordaron la ambulancia y comenzaron el recorrido hacia el municipio de Morales, Cauca, una zona de alto riesgo. Durante el trayecto los soldados le indicaban que se trataba de un corredor peligroso, donde podían ser emboscados en cualquier momento. Sin embargo, más allá del riesgo operacional, había un pensamiento constante que ocupaba su mente, "no volver a ver a mi hija".
La imagen era clara y persistente. Su bebé en brazos, amamantándola, aferrada a ella en una escena cotidiana que en ese instante adquiría un valor inmenso. Al llegar al punto, la teniente Mariottiz brindó atención inicial, estabilizó a los pacientes y coordinó su traslado hacia un centro médico de mayor complejidad en Popayán.
La prioridad siempre ha sido el paciente, hacer todo lo posible por mantenerlo con vida. Años después de aquella operación, en un encuentro inesperado dentro del Batallón de Sanidad, un sargento se le acercó y le dijo: «Usted me sacó del área de operaciones». En ese instante, todo cobró sentido. Saber que ese militar estaba vivo, que había podido regresar a su familia, se convirtió en la mayor recompensa.
Sin embargo, la historia de la teniente Mariottiz continúa en su hogar, donde enfrenta otra realidad, igual de exigente. Su hija, ahora un poco más grande, ha comenzado a hacer preguntas que no siempre tienen respuestas fáciles, "Mamá, ¿por qué no viniste a dormir?".
La ausencia se convierte en parte del día a día. Las jornadas extensas y las responsabilidades propias de su labor hacen que no pueda estar presente en varios momentos. Ante esto, la teniente ha encontrado una forma de explicarle su trabajo desde el amor, la mira a los ojos y le dice que está ayudando a otros. Que hay soldados que necesitan ser sanados y que ese es su deber.
Esa dualidad, entre el deber y la familia, define su vida. Ser madre, médica y militar no son roles separados, son dimensiones que conviven en cada decisión que toma. Detrás del uniforme hay una mujer que enfrenta riesgos y hace sacrificios personales.
Su historia también está atravesada por la familia que la sostiene. Su madre, quien enfrenta una dura batalla contra el cáncer, forman parte de ese entorno que la impulsa a seguir. Gracias al apoyo institucional, ha podido estar cerca de ella en Bogotá, acompañándola en un proceso difícil que exige fortaleza emocional.
Historias como la de la teniente Sandy Mariottiz Acuña revelan una dimensión más humana del Ejército Nacional. No se trata únicamente de operaciones y resultados, también de vidas, como la de una madre que trabaja para preservar la vida con el corazón dividido entre el deber y el amor.
Autor: Agencia de Noticias del Ejército Nacional